Cuando era pequeña solía andar en calzones por mi casa, haciendo cualquier cosa, no tengo muchos recuerdos de entonces, pero sé que me sentía más libre, de vivir, de ser, crear o deshacer.
No hay un sólo punto a partir del cual la vida haya dado la vuelta inevitable, yo diría que fue un conjunto de cosas, de ideas en el aire, de palabras oídas a las personas "grandes", de conflictos al empezar a darme cuenta de que mi cuerpo estaba cambiando, de que mi forma de ser y ver el mundo, y quizá también cómo me veía el mundo a mí poco a poco se iba transformando hasta llegar a ser completamente diferente.
Crecer fue terrible, por muchas cosas, porque no entendía nada, poque me perdí, porque empecé a necesitar cosas diferentes. Ya no se trataba simplemente de reír o de pelear con algún otro niño o niña. Se trataba de que ahora gran parte de lo que valías lo podían decidir los otros (por supuesto que no es así, pero me tomó mucho tiempo, y bastantes dolores darme cuenta). Y no se trataba de ir por la vida contemplándola, aprendiendo o no. Se trataba de estar más a la vista que nunca y al mismo tiempo ser más invisible. Fue una etapa por demás confusa y revuelta.
Hubo en mi vida un momento muy raro y difícl de entender con respecto a esa conscienca (o no) de que empiezaba a transformarme. Cuando tenía 11 años más o menos mi tía me regaló una falda que ella no quería más, me la puse y unas horas más tarde mi abue nos mandó a mi prima y a mí al mercado. Ese día varios hombres me miraron de una manera que yo no había visto antes, y que sinceramente no pude comprender, pero más allá de las miradas hubo palabras, palabras que no recuerdo, y sinceramente tampoco recuerdo exactamente todos los pensamientos y sensaciones que pasaron por mi mente en ese momento, pero recuerdo la impresión de algo extraño, como si de repente dejaras de ser quien eres y te conviertieras en alguien o en algo más.
La neta se siente feo que te digan cosas por las calles, claro que depende qué y cómo te lo digan, pero generalmente es muy feo. Es en un primer lugar, que alguien a quien tú no has pedido ninguna opinión aerca de tu cuerpo te la de; en segundo lugar que alguien sin conocerte y sin ningún derecho, tome poder sobre ti al emitir sus comentarios; también te da la sensación de que es lo único importante que tienes, si te ves bien vales la pena, se dirán cosa bonitas de ti, eres deseable, si no te ves bien, te rechazarán, te dirán o harán sentir que no eres valiosa. Lo cual agrega otro ingrediente de confusión a la mezcla, por un lado es horrible que te digan cosas de ese tipo (sobre todo cuando van acompañadas de gestos o sonidos en específico) y por otro lado como terminas creyéndote que tu valor recae en cómo te miren los demás, tienes que sentirte halagada, o sientes que está bien que te las digan, porque "reafirman" tu belleza.
Es algo muy triste, pero así es, es terrible, pero claro que es de lo más normal criticar o juzgar a una mujer con términos como puta, zorra, golfa... En un entorno que no sólo le marca que su valor máximo es el sexual, si no que por un lado exhibe todo el tiempo el cuerpo femenino y lo antoja, pero por otro lado trata de contener la sensualidad real, el poderoso erotismo femenino natural, con conceptos como los mencionados anteiormente.
Supongo que es el miedo hacia las mujeres reales lo que lleva en muchas ocasiones a idealizarlas, o a "amar" sólo a las que están lejos, a las que son "perfectas", a las que son una contrucción del hombre, y no algo que se encuentra a su mismo nivel. Pero también es muy triste porque más allá de admirar o desear a ese ente de la imaginación, no se le puede llegar a amar, porque no te puedes comunicar con él, no lo puedes sentir, no puedes mirar su fondo, compartir ideas, resolver problemas o reír juntos, es otra forma más de enajenarte, de apretar más y más la jaula en la que al final parece que terminaremos por ahogarnos por no atrevernos a mirar más allá de nuestras narices.